
AU LAPIN AGILE
Para amar a algunas mujeres
Para amar a algunas mujeres
me fue suficiente con unas horas,
e incluso con unos minutos.
¡Es mucho mas largo
e incluso con unos minutos.
¡Es mucho mas largo
y trabajoso el desamor!
Pablo Picasso
Y la espero en un puente de París, frente a su piso de soltera, bajo esta negra noche salpicada al azar de estrellas amarillas en que posar sus manos y de algunas alejadas nubes que pasan cuando no pasa nada, musitando los versos de Ronsard: «¡Vive! Bésame ahora, no esperes otra cosa. / Recojamos hoy juntos las rosas de la vida». La suelo ver los sábados camino del café acostumbrado. Siempre elige ella. Y después de haberse cambiado otra vez de domicilio, miro por dónde pasa en nombre de su libertad y luego toma interminablemente el centro de París y el sonido naranja de sus tacones verdes, y naranjas, claro, reluce por esas calles llenas de anticuarios y marchantes. Única y sensual y clandestina y piernas blancas y resplandeciente y seductora y duradera y rubia y venus y suave y confidente y esclava y misteriosa y carcelera y única otra vez y ojos verdes y salvajes como un jardín salvaje y joven, siempre joven, porque cuando se es joven se es joven para siempre. Y un turbio temblor me asalta el pecho. Y se esfuman mis años si la miro. Un hombre tiene siempre la edad de la mujer que ama, pienso. Persigo su silueta de felino a plena luz de luna, cada movimiento suyo. Ella intuye mi presencia. Y se aproxima a la mesa reservada. Su sonrisa me pertenece, eso es seguro. Y colorea sus labios mientras espera y saca un espejito azul de su bolso de mano y espera mientras se arregla el pelo. Lo que he amado, lo haya retenido o no, lo amaré siempre. Y yo escondido detrás de una columna, donde siento el flagelo de mis ojos al mirar de repente hacia la puerta y contemplar la pasión adolescente y contenida de quien te saluda nada más entrar y verte y doy un largo trago al vino blanco y él te besa y te besa y te besa con la mitad de ganas que hubiera puesto yo.
Pablo Picasso
Y la espero en un puente de París, frente a su piso de soltera, bajo esta negra noche salpicada al azar de estrellas amarillas en que posar sus manos y de algunas alejadas nubes que pasan cuando no pasa nada, musitando los versos de Ronsard: «¡Vive! Bésame ahora, no esperes otra cosa. / Recojamos hoy juntos las rosas de la vida». La suelo ver los sábados camino del café acostumbrado. Siempre elige ella. Y después de haberse cambiado otra vez de domicilio, miro por dónde pasa en nombre de su libertad y luego toma interminablemente el centro de París y el sonido naranja de sus tacones verdes, y naranjas, claro, reluce por esas calles llenas de anticuarios y marchantes. Única y sensual y clandestina y piernas blancas y resplandeciente y seductora y duradera y rubia y venus y suave y confidente y esclava y misteriosa y carcelera y única otra vez y ojos verdes y salvajes como un jardín salvaje y joven, siempre joven, porque cuando se es joven se es joven para siempre. Y un turbio temblor me asalta el pecho. Y se esfuman mis años si la miro. Un hombre tiene siempre la edad de la mujer que ama, pienso. Persigo su silueta de felino a plena luz de luna, cada movimiento suyo. Ella intuye mi presencia. Y se aproxima a la mesa reservada. Su sonrisa me pertenece, eso es seguro. Y colorea sus labios mientras espera y saca un espejito azul de su bolso de mano y espera mientras se arregla el pelo. Lo que he amado, lo haya retenido o no, lo amaré siempre. Y yo escondido detrás de una columna, donde siento el flagelo de mis ojos al mirar de repente hacia la puerta y contemplar la pasión adolescente y contenida de quien te saluda nada más entrar y verte y doy un largo trago al vino blanco y él te besa y te besa y te besa con la mitad de ganas que hubiera puesto yo.
“Si vienes esta noche te contaré mil cosas, aunque no te las creas. Si vienes esta noche te querré un poco más de lo que esperabas”, pensé.
Jacqueline se suicidó el 15 de octubre de 1986 en Mougins, en Notre Dame da Vie, la casa de la Costa Azul en la que había vivido los últimos años, con y sin Picasso. Algunos biógrafos identifican este suicidio con el ritual de las viudas hindúes que se arrojan a la pira junto al cadáver de su marido. Parece más convincente otra versión. “No se puede ser libre y buen marido”, me refirió Picasso mientras agonizaba como razón de su infortunio. “Yo que hubiese recortado estrellas en su nombre con esas tijeras de cortar rosas rojas y sacudido su cuerpo como la arena de un reloj...” Y yo también, maestro. No hay noche en que no quiera recordarla... Y la espero en un puente de París... y él la besa con la mitad de ganas que hubiera puesto yo... paga la cuenta, la toma del brazo, le roba la sonrisa y se la lleva a casa para siempre. Y la miro sin más, porque quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación.












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