
LAS LÁGRIMAS DE EVA
Lilith, del Paraíso, abrió las puertas.
Quiso escapar.
Lezama Lima
Era una extraña visión. Por un instante, pensó en salir de su escondrijo. Estaba segura de que nadie la observaba. La noche era, inexplicablemente, como un gran cofre abierto que mostraba innumerables monedas de oro, como si se acumulasen todas las estrellas de los días anteriores. Así, en aquel cielo, pero sin nombre todavía, la Osa Mayor era una ristra de medallas; la Estrella del Norte, un doblón de tal naturaleza, por su desproporción y su hermosura, que haría enloquecer a los mismos girasoles; la Constelación de Lilith, la cicatriz dorada de algún dios. Y allí estaba él, bajo la ansiosa noche y la bramante luna, como el hinchado pecho de una novia, aquel hombre, el primer hombre, corpulento y viril, de tal modo que parecía el único dueño de aquel mundo. Luego aparecieron otros. Entonces, como todo detalle de excesiva evidencia al que una sensibilidad herida atribuye inmediatamente un significado, sintió lástima y padeció por ellos. Eran casi dignos de ser repudiados: sabía que estaban concebidos a imagen y semejanza del Hacedor. Y era inevitable: se acrecentó el dolor, tan fuerte, que le había hecho sufrir. Meneó la cabeza, se dijo que no tenía la mente para eso, y decidió refugiarse de nuevo para siempre.
Lilith, del Paraíso, abrió las puertas.
Quiso escapar.
Lezama Lima
Era una extraña visión. Por un instante, pensó en salir de su escondrijo. Estaba segura de que nadie la observaba. La noche era, inexplicablemente, como un gran cofre abierto que mostraba innumerables monedas de oro, como si se acumulasen todas las estrellas de los días anteriores. Así, en aquel cielo, pero sin nombre todavía, la Osa Mayor era una ristra de medallas; la Estrella del Norte, un doblón de tal naturaleza, por su desproporción y su hermosura, que haría enloquecer a los mismos girasoles; la Constelación de Lilith, la cicatriz dorada de algún dios. Y allí estaba él, bajo la ansiosa noche y la bramante luna, como el hinchado pecho de una novia, aquel hombre, el primer hombre, corpulento y viril, de tal modo que parecía el único dueño de aquel mundo. Luego aparecieron otros. Entonces, como todo detalle de excesiva evidencia al que una sensibilidad herida atribuye inmediatamente un significado, sintió lástima y padeció por ellos. Eran casi dignos de ser repudiados: sabía que estaban concebidos a imagen y semejanza del Hacedor. Y era inevitable: se acrecentó el dolor, tan fuerte, que le había hecho sufrir. Meneó la cabeza, se dijo que no tenía la mente para eso, y decidió refugiarse de nuevo para siempre.
A continuación, con un tono suplicante, con un furor contenido, le pidió a su Padre que no dejara que derramase más sollozos: no quería que brotara de la tierra ninguno más de esos seres. Estaba convencida, a todas luces, de que con ellos, poco a poco, se sentiría sola, muy sola, cada vez más sola.
Padre, devuélveme a Lilith. Yo soy su sangre y su costilla. Ella es mi compañía y yo la suya.
En sus inmensos ojos, enrojecidos por las lágrimas, sin ninguna esperanza, la noche no era un tesoro abandonado.
La violó el primer hombre...












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