martes 29 de marzo de 2011


CELESTE Y EL PARQUE

... cuando veas tus ojos,
que tengo yo en los míos tatuados.
A. Pizarnik


Al bajarse del coche,
me pareció la vida un par de medias
naranjas que se abren
en nombre de mis manos.
Y pensar que la tarde se elevaba
––con mis dudas— a siete centímetros del suelo,
igual que el corazón,
para soñar más alto.
En la puerta del parque, bajo el azul solar,
la luz del día imitaba a tus ojos
como una joya falsa, o algo así.
El mundo alrededor no era gran cosa.
Por un instante, estuve tan seguro
de que nada en la tierra
olía como tú. La felicidad
era un milagro de tu piel. El aire
trajo una flor robada a tus dominios,
verdes tacones verdes condecorando el suelo.
La salvaste del polvo amablemente,
laureando el bolsillo de tu blusa.
No vi nada más sucio que aquel lirio manchado
que eclipsaba la dulce geografía
del más breve pezón y el más punzante.
Y mi boca miró de repente a tu boca.
“¿Me das fuego?”, me dijo
tu boca de carmín condecorada,
tuteando tus labios mis oídos
en la puerta del parque, y yo prendí
la llama del silencio, y no te dije:
“Tú eres todo lo que quiero”.
Y no te dije:
"Sólo en tus labios caben
todos mis besos.
Desnuda eres igual que una plaza de Roma.
Si me dejaras demostrarte
que no sólo sé hablar, que todo es un milagro,
porque el milagro es no deshacerse
como un terrón de azúcar en tu boca".
Te hubiera dado el fuego de los dioses.
Y me quedé sin aire como un nudo
de corbata enredándose en mi cuello,
mis manos registrando en la chaqueta,
en los bolsillos rotos del valor.
Dibujándote un no con la cabeza,
no supe decir nada... Y no te dije:
“Dos gatos negros saltan a mis ojos
desde el tejado en celo de los tuyos".
Y me diste las gracias de igual modo.
Te alejaban de mí, hermosamente,
tus pasos del color de la esperanza.
Te encendió el cigarrillo un transeúnte.
Tu mirada con humo,
ojos de nubes bajas, me enseñó
que la felicidad encierra un cielo abierto.
Con el libro en la mano
y sonriendo,
Celeste,
en el banco del parque... Y no te dije:
“Vestida eres igual que una calle de Atenas,
donde el aire es azul entre los suaves toldos,
como decir tu nombre en voz muy baja...
Roja llega la música hasta mí,
la música en la boca del beso que tú has sido
y del beso que eres en la boca en que estás,
que es mi propio espejismo
y quizás tú".
Y no te dije: “Amor, mi corazón es triste;
mi alma, una burbuja que no consiente el roce".
En el banco del parque desde entonces
pasa, andrajoso, el tiempo
como pasa un poema.
_________________¿Qué más puedo decir?
Presiento ya el temblor
del sol cuando le quita la ropa a tanta noche,
como el día en que Gilda se quitaba aquel guante.

Y queda, bajo un cielo cortado de raíz,
este dolor celeste por el aire del parque todavía.

1 hablaron para siempre:

Anónimo dijo...

cómo siempre,me dejas con ganas de más......Baci